Día 1: Un deseo por Navidad

UN DESEO POR NAVIDAD por Mireia Giménez Higón

Miguel era un chico que trabajaba como fotógrafo en la misma revista en la que yo estaba como redactora. Y, a pesar de su fama de mujeriego empedernido que no tenía problemas en intimar con cuantas modelos cayeran en sus redes, yo estaba enamoradísima de él y pensaba que, si algún día consiguiera que Miguel se fijara en mí, yo haría que cambiara. Miguel era prácticamente perfecto, su tez morena contrastaba con un pelo castaño sedoso, bueno esto me lo imaginaba yo porque, entre que lo tenía corto y jamás lo había tocado, mi percepción sobre su cabello sólo podía estar infundado por mis enormes ganas de acariciarlo con ambas manos mientras recibo un dulce beso de sus labios. Y, en ello estaba, totalmente absorta mirándole embelesada cuando, de pronto, la cara de mi mejor amiga se interpuso entre mi ilusión y yo dándome un susto de muerte.

–Bueno, ¿qué? ¿Te vienes esta noche con nosotros o pasas? – preguntó Marta mientras hacía muecas absurdas provocándome.

–No sé, ya veremos – contesté con una sonrisa.

–¿Ya estás otra vez con tu fotografito estúpido? Déjalo ya, sabes que él solo tiene ojos para sus modelitos.

–Puede ser. Bueno, ya te digo algo después, ¿vale?

Está bien, pero no te quedes trabajando hasta última hora que nos dejas mal a los demás – me dijo desapareciendo igual que había llegado mientras me guiñaba un ojo y sonreía burlona.

La realidad no era otra que una excusa para bajar en el mismo ascensor que Miguel, era una tontería porque siempre bajaba acompañado con algún amigo o alguna modelo con suerte y yo, pues allí estaba, como un mueble decorativo en la caja del elevador o, al menos, así me sentía. Aquel día no fue diferente, esperé a que mi perfecto fotógrafo cerrara la oficina de su estudio para recoger rápidamente mis cosas y lanzarme a por el botón del ascensor como quien no quiere la cosa y esperar a que él llegara a mi lado.

–Buenas tardes – saludó, creo que era la primera vez que me dirigía la palabra. Yo miraba su reflejo en las puertas metálicas del ascensor, llevaba un enorme ramo de rosas y una tarjeta, ¿Quién sería la afortunada? Daba igual, no iba a ser yo asique qué más daba. – Vaya, podrías contestar cuando te saludan, ¿no crees? –¡Ay, madre! Sí, me estaba hablando a mí.

–Buenas tardes, perdona –conseguí decir al fin sin mirarle a los ojos. Por suerte las puertas del ascensor se abrieron y entré evitando cualquier contacto visual, marqué la planta baja y esperé en silencio. Era la primera vez que bajábamos juntos y a solas y, aunque llevaba soñando con un momento así desde que le conocí, ahora no sabía ni dónde meterme.

–¿Haces algo esta noche? –¿Me estaba hablando a mí? No sabía qué hacer y ¿si le contestaba y resultaba que él estaba hablando por teléfono? y ¿si simplemente quería ser cortés y yo me iba a enrollar demasiado contándole lo poco que me apetecía ir a casa de mis padres en Nochebuena, o salir con mis amigos quienes pensaban que estaba loca por enamorarme de aquel fotógrafo?– ¿Hola?

–Eeeeeh… ¿me estabas hablando a mí? –pero qué me pasaba, pues claro que me estaba hablando a mí, a quién le iba a hablar sino si en el ascensor solo estábamos nosotros dos. Dios Myriam espabila, que estás en la parra.

–Sí –dijo Miguel con esa voz que me dejaba muerta mientras alzaba una ceja, una maldita ceja que evidenciaba que tenía que estar pensando que era tonta.

–Perdona, son muchas horas frente a un ordenador. Ya sabes –vaya excusa absurda se me había ocurrido, pero por alguna razón que jamás entenderé funcionó.

–Sí, la verdad que debes acabar agotada. No sé cómo podéis estar ahí sentadas todo el día, se os va a poner el culo gordo. –bromeó riéndose a carcajadas. Ya no me estaba cayendo tan bien, pero ¿qué se pensaba el tío engreído este?

–Serán mejor las niñas con las que te juntas – ¿Había dicho aquello en voz alta?

–¿Perdona?

Dios mío, ¡lo había dicho en voz alta! ¿Por qué no seré capaz de mantener la boca cerrada? O no hablo o hablo demasiado, mi condena.

–No nada, ha sido una tontería. Perdona. –«Eso mejor así.», pensé mientras notaba como el fuego subía por mis mejillas de plena vergüenza.

–Ya, bueno, no pasa nada. –dijo perdiendo su sonrisa justo en el momento en que las puertas se abrían comunicándonos que habíamos llegado a nuestro destino– En fin, nos vemos.

Ni siquiera me miró para despedirse, estaba claro que estaba molesto por mi estúpida lengua viperina incapaz de mantenerse al margen mientras mi cabeza daba con la respuesta correcta. La había cagado pero bien. Para una vez que podría hablar con él y que se fijara en mí lo había estropeado por tonta, porque soy tonta. Quise pararle, contarle alguna excusa para mi comportamiento y entablar de nuevo nuestra conversación, pero en lugar de eso, me quedé allí, parada, en silencio, viendo cómo se alejaba de mí otra vez.

Estaba de pie parada en medio del hall del edificio de la revista en la que trabajaba compadeciéndome de mí misma cuando sonó mi móvil en el interior del bolso, maxi bolso para ser más concretos. Os diré que es una mala decisión si quieres encontrar rápido tu teléfono cuando te llaman. Rebusqué como loca en su interior encontrando de todo menos el dichoso móvil, pero ¿dónde estaba? Me arrodillé en el suelo vaciando en él todo el contenido del bolso, ¡pero cuantas cosas llevaba! Tres tonos de brillo de labios, compresas, tampones, un espejito, un bolígrafo, crema de manos, varios paquetes de pañuelos de papel abiertos todos ellos, chicles, gafas de sol, llaves (dos juegos para ser exactos), un móvil, una libreta…¿móvil? ¡Mi móvil por fin!

–¿Sí? –contesté con mi voz profesional, porque para que lo sepáis, todos tenemos voces para nuestro día a día, no es lo mismo hablar con tu súper amiga del alma que con tu jefe y todas lo hacéis.

–Madre mía hija, como para que sea una emergencia y nos estemos muriendo. –Una voz más que familiar sonó al otro lado de la línea.

–Mamá, si te estuvieras muriendo no me estarías llamando, ¿Qué quieres?

–¿Vas a venir a cenar?

–¿Va Raquel? –pregunté mientras recogía las cosas del suelo y volvía a meterlas en mi maxi bolso.

–Sí, y lo sabes.

–Pues yo no, y lo sabes. –Como odiaba ese tonito condescendiente con el que hablaba dando por sentado que todos acataríamos su voluntad durante el resto de nuestras vidas.

–Es tu hermana.

–Me da igual. Tengo cosas mejores que hacer.

–Algún día tendréis que perdonaros, ¿no crees?

–Díselo a ella.

–No, te lo digo a ti que eres la mayor.

–Mamá, nos llevamos dos minutos.

–Exactamente, que no se te olvide. –dijo colgándome el teléfono. Era exasperante hablar con aquella mujer, no sé cómo mi padre la aguantaba y mucho menos como aguantaba a mi hermana y a ella juntas, a veces me daba pena el pobre hombre.

Mi hermana era todo lo que yo hubiera querido ser. Éramos mellizas sí, pero no nos parecíamos en nada. Raquel era rubia rubísima, alta, ojos claros con pestañas hasta pasado mañana y muy divertida, los chicos no se pegaban por ella porque quedaba mal que si no… y yo, en cambio, era morena, estatura normalita y coherente cosa que parecía no gustarle al sexo masculino. Y, por aquella razón, justo al acabar la carrera de periodismo en la que ambas estábamos, la eligieron a ella como redactora jefe en la sección de moda y yo tuve que conformarme con ser redactora, a secas, en sucesos. Sí, sucesos en prensa rosa y moda, o sea, nada.

Aún no había guardado el móvil en el bolso cuando comenzó a sonar de nuevo. Era mi hermana, sin ningunas ganas de responder descolgué el teléfono.

–Myriam soy yo. –increíble cómo la gente daba por hecho que uno debía saber quién era su interlocutor con solo escuchar esas dos palabras: soy yo.

–¿Qué quieres Raquel? Si es por mamá ya le he dicho que no iba a cenar hoy con vosotros.

–No, no es eso. Verás, me ha llamado el jefe y tengo que hablar contigo. –Hubo un breve silencio y continuó– Es importante, si pudieras venir a cenar yo…

– No me apetece. En serio Raquel, sigue con tu vida perfecta y déjame en paz. –dicho lo cual colgué sin darle opción a réplica.

Salí a la calle y el ambiente navideño me golpeó con fuerza. Como era de esperar en aquella época del año en mi ciudad el frío cortaba el rostro y las manos a su paso, obligando a todo el mundo que osara salir tras la caída del sol a enfundarse un caluroso abrigo y cubrir sus manos con guantes, su rostro con bufandas, su cabecita con gorros de lana de mil colores y, los más frioleros, ocultaban sus orejas bajo un par de pompones de lana para resguardarlas del frío helado. A veces, cuando llegaba esta época y siendo bien pequeña, creía que el mítico Jack Frost venía con su bastón a hacer de las suyas y congelar todo cuanto tocaba y que se divertía convirtiendo en hielo las zonas menos esperadas para que hombres y mujeres bien trajeados, resbalaran y cayeran estrepitosamente al suelo para jolgorio de los más pequeños. Después, crecí y los cuentos de hadas dejaron de tener sentido para mí. ¿Dónde habían estado todos esos personajes guardianes de nuestra infancia cuando más los necesitaba? Ni duendes navideños, ni Papa Noël, ni conejitos de pascua y, por supuesto, tampoco el adolescente Jack Frost.

Fui andando hasta llegar a una cervecería cercana en la que solía quedar con mis compañeros de trabajo al salir y, esta vez sí fue casualidad que viera a mi fotógrafo hablando con mi hermana en una mesa. ¿En serio? ¿Hasta a Miguel pensaba robarme esa arpía que tenía por melliza? Pues estaba harta, muy harta y cansada. Decidí que aquel iba a ser mi momento así que entré decidida hasta la barra del bar y pedí una clara con limón natural, mientras me arreglé como pude con un poco de brillo en los labios, soltándome el pelo del yugo de la coleta y pellizcándome las mejillas para darles un color sonrosado mayor que el que produce el frío. Con paso decidido fui hasta las escaleras que llevaban a los baños y que, casualmente, estaban bien cerca de donde mi hermana y Miguel hablaban animadamente, subí, esperé unos minutos mirándome en el espejo porque no tenía ganas de nada más allí dentro y me dispuse a bajar cual presentadora de la Gala de los Oscar y, para darle un toque desenfadado, pensé desacertadamente, meter mis dos manitas en sendos bolsillos que llevaba mi chaqueta. Gravísimo error, no lo hagáis nunca porque tropecé y, puesto que mis manos estaban a buen recaudo dentro de los dichosos bolsillos, no tuve opción de sujetarme a ninguna parte, mi culo rebotó por todos y cada uno de los escalones, sin dejarme ni uno solo, hasta llegar al suelo mugriento y asqueroso de la cervecería. Por supuesto, conseguí lo esperado, todas las miradas sin excepción se posaron en mi persona. Todas, toditas. Hasta las de Miguel y mi hermana.

No esperé a que nadie me ayudara y salí de aquel local como alma que lleva el diablo, odiándome a mí misma. No, odiándola a ella. A mi queridísima hermana perfecta. Pero mi suerte no había terminado aún, no. Quien quiera que me observara desde las estrellas tenía algo más preparado para mí aquella noche y vendría, como no, con forma de llamada telefónica.

–Hola Marta, no te vas a creer lo que me acaba de pasar. –empecé a contar hasta que mi amiga me cortó para tomar la palabra.

–¿Ya has hablado con tu hermana, no? Tía te juro que yo no sabía nada, me parece increíble que el jefe haya hecho que Raquel te despidiera, es un…

–¿Cómo?

–No has hablado con ella, ¿verdad? Joder, ya he metido la pata. Tía, yo … -colgué sin dejarle terminar, no me apetecía escuchar nada más, estaba enfadada, dolida, asqueada y yo qué sé que más cosas podía estar. Cerré los ojos con todas mis fuerzas y deseé ser ella, quería serlo ya.

–Ojalá supieras como es mi vida y el daño que me haces, aunque sea sólo por un día. –Justo al pronunciar aquellas palabras en voz alta me pareció ver a una chica vestida de forma extraña, con purpurinas en sus mejillas y sonrisa dulce y divertida que, con chasquear de dedos, hizo que cayera en el medio de la calle.

–Raquel, ¿estás bien? –era Miguel ofreciéndome su mano pues al parecer me había desmallado, estaba tirada en el suelo de la cervecería y, otra vez, los ojos estaban puestos en mí. Pero, un momento, ¿me había llamado Raquel?

Me levanté con su ayuda y fui en dirección al cuarto de baño excusándome con cortesía, necesitaba entender qué estaba pasando. Casi caí de espaldas al ver que mi reflejo no era el mío sino el de mi hermana, no sabía ni cómo ni por qué, pero había llegado mi momento. Su vida era mía.

Bajé las escaleras, esta vez con más cuidado, y me senté junto a Miguel. Parecía abatido, ¿tanto le importaba la integridad física de mi hermana?

–¿Estas mejor? –preguntó educado.

–Sí, no sé qué me ha podido pasar.

–Son demasiadas cosas las que llevas encima. –«Demasiadas cosas. ¿Quién? ¿Raquel? Venga ya»– ¿Has conseguido hablar con tu hermana?

–No, ya no sé ni qué quería decirle, ¿te lo puedes creer? Además, si la han echado por algo será. –mentí esperando una reacción que nunca llegó por parte del fotógrafo.

–Hombre, muy mala no será cuando tu diste la cara por ella. –«¿Había dado la cara por mí? ¿A santo de qué?»– Y mira donde estas ahora, ahogando tus penas en cerveza, sola y sin trabajo.

–Bueno, te tengo a ti. –dije alucinando con lo que acababa de escuchar y acercando mi mano a la suya.

–Raquel, lo siento de veras. Lo nuestro estuvo bien por un par de noches, pero sabes que mi corazón ya tiene nombre, pero parece que no es correspondido. –dijo con una medio sonrisa que me volvía loca, pero yo solo escuchaba que habían tenido una relación.

–¿Quién se iba a resistir al guapísimo Miguel? –pregunté quitándole hierro al asunto e intentando una vez más acercarme a él.

–Pero ¿qué te pasa? Ya te lo he dicho, yo quiero a Myriam. –dijo ofreciéndome en aquel día otro golpe más que asumir en tan poco tiempo. «¿Cómo podía haber sido tan paranoica?», pensé.– Me dijiste que hablarías con ella y de pronto vuelves a intentar seducirme. No te entiendo Raquel, de verdad que pensé que estaba todo claro entre nosotros. –Parecía realmente molesto mientras yo intentaba lidiar con todo lo que me estaba sucediendo, con toda aquella información que estaba recibiendo a golpe de palabra.

–Sí, es que. No sé qué me pasa. –me disculpé mirándole a los ojos buscando su perdón– Lo siento.

No podía creer lo que estaba escuchando, mi hermana a quien minutos antes estaba odiando con toda mi alma había resultado ser mi mejor amiga, se había enfrentado por mí a la dirección y le habían hecho pagar por ello. Y Miguel, a quien creía un seductor innato sin escrúpulos resultó ser un galán enamorado que yo reprochaba. ¿Cómo había podido ser tan tonta? Lo que yo diga, tonta de remate que es una.

Decidí que era el momento de despedirme de Miguel y salir de aquel lugar cuanto antes. No sabía cómo, pero debía solventar aquella locura de día.

Había comenzado a llover, no había nadie por las calles, tan solo una figura de humana parecía vislumbrarse apoyada en una farola, mojándose. A su alrededor, una pequeña aura que brillaba con prudencia llamó mi atención. Me acerqué con cautela hipnotizada por aquella criatura.

–Hola Myriam. –su voz era profunda.

–¿Me conoce? –pregunté extrañada, «¿cómo sabía aquella cosa que yo no era Raquel?»

–Por supuesto, yo te concedí tu deseo. ¿Eres feliz? –La criatura salió a la luz de la farola, tenía una voz melodiosa y, a cada paso que daba, el sonido de pequeños cascabeles le acompañaban. No podía creer lo que mis ojos veían, ¿podría ser aquello un duende de navidad? Había escuchado historias sobre ellos cuando era tan sólo una cría pero, desde luego, jamás creí en ellos.– ¿Eres feliz? –preguntó de nuevo con su dulce voz.

–¿Quién eres? –Es lo único que conseguí decir. Estaba claro que me estaban gastando una mala jugada, que aquella chica no sería más que otra loca y borracha criatura de la ciudad. En esas sí creía, las veía a diario. Personas que se vuelven locas e inventan historias para asustar a los viandantes para después pedirles unas monedas con las que comprarse su veneno en botellas de alcohol.

–No has respondido a mi pregunta. –dijo aquella muchacha vestida de verde y cascabeles en sus zapatos puntiagudos mientras comenzaba a revolotear a mi alrededor.– Dime, ¿eres feliz?

–Pues no, no soy feliz. –Estallé al fin sin poderlo aguantar más.– Esto es un desastre, si tú fuiste quien realmente me ha hecho esto quiero que lo deshagas, quiero que me devuelvas mi vida, quiero que todo vuelva a ser como antes. –grité.

–¿Por qué debería deshacer tu deseo? ¿Qué solucionaría eso? –Aquella duendecilla comenzaba a cabrearme de verdad con tanta pregunta, con tanto rodeo.

–No lo sé. –Contesté molesta. Miraba a mi alrededor incrédula buscando alguien que pudiera echarme una mano, que también viera lo que yo estaba viendo y me dijera que no era una locura. Miré de nuevo a la criatura de mirada alegre y supe que sólo había una opción, debía enmendar aquello que había roto.

La muchacha de calzas rojas y blancas hizo sonar sus pequeños cascabeles de colores y después…

Volvía a ser víspera de nochebuena. El día comenzaba de nuevo. ¿Tendría una nueva oportunidad?

–Bueno, ¿qué? ¿Te vienes esta noche con nosotros o pasas? –preguntó Marta, esperé sus muecas que me hicieron reír de nuevo.

–No, tengo unas cosas que hacer.

–Vaya que seria, espero que no sea nada.

–Tranquila. –dicho esto y, después de que Marta se largara, recogí mis cosas y me dirigí con paso firme hasta las oficinas de dirección. Encontré a mi hermana discutiendo acaloradamente con nuestro jefe y decidí cerrar con fuerza la puerta que acababa de abrir para que todos supieran que estaba allí y que tenía que hablar. Vi como todos en la mesa de reuniones me miraban, entre ellos Raquel y Miguel– Buenas tardes, no sé bien por qué hago esto, pero quiero que sepan que Raquel es una mujer competente y decidida cuya voluntad ha llevado a esta revista a unos índices jamás soñados. Quiero que sepan que es la mejor hermana que he podido tener y que jamás debí dudar de ello. Y, quiero que sepan que ya sé por lo que están reunidos hoy y no hace falta que me despidan por mi actuación ya que he decidido largarme de esta estúpida revista que poco o nada tiene que ver conmigo. Muchas gracias y hasta nunca. –Salí de aquel lugar sin darles opción a replica, dejándoles con la palabra en la boca y con una expresión estupefacta que me llenó de gloria. Salí de aquel lugar con una sonrisa patente en mi rostro y con el latir de mi corazón a doscientos por hora. Estaba pletórica, estaba ilusionada por comenzar de nuevo, por ser yo otra vez y por haber tenido el valor de decir todo lo que llevaba años pensando.

Me apoyé de espaldas a la puerta de la sala de reuniones mientras me recuperaba de mi actuación cuando una de las láminas de madera se abrió haciendo que casi perdiera el equilibrio y cayera hacia atrás. Miré quien era el que salía primero de aquella sala y me sorprendió ver que era Miguel, mi fotógrafo perfecto.

–Hola Myriam, soy …

–Miguel, lo sé. –contesté con mi mejor sonrisa ante la cara de sorpresa del fotógrafo– ¿Te gustaría venir esta noche con mi hermana y conmigo a la cena de nochebuena o tienes algo mejor que hacer?

Por supuesto, mi fotógrafo perfecto prefirió no cenar con mis padres en nuestra primera cita, pero quedamos tras pasar la Navidad, un día tras otro y descubrí que mi fotógrafo perfecto no lo era tanto, pero sí era perfecto para mí.

Y, en cuanto a mi hermana, decidimos comenzar un nuevo proyecto juntas. Una revista de sueños y de cuentos de hadas en los que nunca puedes dejar de creer pues, quien sabe, quizás una noche cuando creas que todo ha terminado, el sonido de cascabeles llegue para hacer cumplir tu deseo pero, ¡ten cuidado con lo que desees porque puede hacerse realidad!

*Los derechos de esta obra pertenecen al autor o autora.

Publicado por Mireia Giménez Higón

A lo largo de su carrera ha ido especializándose en la novela histórica, así como en la leyenda española como parte del folclore y estudio social de la historia de España. Contadora de historias y leyendas.

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