Día 2: Pablito y el anciano

PABLITO Y EL ANCIANO por Toni Oliver

Estaba triste Pablito, en esa cama de sábanas blancas, con el nombre del hospital escrito en letras azules. La ventana medio bajada para no dejar pasar demasiado los rayos de sol por si le molestaban. La televisión apagada, pues le molestaba el ruido que hacía.

Su mamá sentada al lado del a cama, en esa incómoda butaca. Recuerda como le gustaba saltar sobre ella una vez que vino a ver a la abuela, no era la misma habitación, pero la butaca parecía la misma. Al sentarse sobre ella se deslizaba hacia abajo hasta que casi se caía al suelo y volvía a subir. Muy incómoda para estar sentado, pero para saltar… Ummm. Soñaba poder volver a hacer esos saltos en vez de estar tumbado en esa cama llena de tubos por todos lados, casi sin poder moverse.

Miraba la cara de mamá, siempre triste, excepto cuando te miraba y te decía algo o le preguntaba, en esos momento intentaba poner una alegre sonrisa, cosa que no siempre conseguía.

El papá cuando venía también intentaba poner esa cara de alegría, pero se le notaban las ojeras, como a mamá, le costaba mucho sonreír, pero lo intentaba, procuraba que no notara su angustia.

Cada vez que Pablito le preguntaba a mamá o papá que le pasaba, no sabían que contestar, sólo le decía que estaba enfermo y que se curaría. “ Te curarás Pablito, te curarás”. Eran las palabras más recurrentes para no dar explicaciones, pero Pablito sabía que le mentían, que tenía algo muy malo, y difícil de curar. Él intentaba sonreír, también le costaba.

Cada vez que se levantaba notaba que las fuerzas le flaqueaban, que ya no podía saltar como antes, ni correr, pero él era un niño, necesitaba saltar y correr, jugar con los demás niños, desde que estaba en el hospital pocos habían ido a verlo y mucho menos a jugar con él, casi todos tenían caras tristes, como sus padres.

Faltaba esa alegría, esos chillidos de los demás niños mientras juegan, esos retos para ver quien llega primero en una carrera, quien salta más alto, quien lanza la pelota más lejos, etc. No estar tumbado en una cama, casi inerte, con los movimientos limitados, hasta para ir al baño necesitaba llevarse consigo todas esas botellas de líquidos a que le tenían atado.

Esa habitación parecía el cuarto de las penas, la alegría hacía tiempo había desaparecido, sólo algunos rayos asomaban de vez en cuando llevados por algún compañero de clase, de esos que siempre son rebeldes y no obedecen a la orden de ¡Calla! ¡Estate quieto! Eran los únicos que le hacían reír un poco y devolvían la alegría, si bien duraba poco, sus padres no entendían nada y pronto se los llevaban, no sea cosa que me molesten. Echaba a faltar esos pocos compañeros de colegio y su rebeldía…
Se despertó Pablito, la habitación estaba semi oscura. Su mamá durmiendo en la incómoda butaca.

A su lado un anciano, barba gris, casi calvo, un rostro muy afable, una sonrisa encantadora. Le cogió de la mano mientras le iba diciendo que hablara flojito para no despertar a la mamá. Pablito le sonrió y le preguntó ¿Quién eres?  Soy Miguel, llevo mucho tiempo en este hospital, cada vez que paso por aquí noto mucha tristeza, tú, tu papá, tu mamá, tus amigos, tus familiares, casi todos se ponen muy tristes cada vez que vienen y eso hace que tú estás más triste cada día, pero si tu quieres vamos a hacer que esto cambie. ¿Quieres que cambiemos esto? Dijo Miguel.

Sí, quiero cambiar esto, estoy cansado, todo el mundo está triste y cuando me hablan me mienten para que no me preocupe. ¿Qué puedo hacer yo? Contesta Pablito.

A partir de ahora, al principio te va a costar un poco, lo sé, pero el que les vas a dar ánimos vas a ser tú. Cuando te digan, mintiendo como dices, te vas a curar, tu diles que sí, que lo sabes, sonríe, cógele de la mano, apriétala fuerte, y recalca “me curaré, a partir de ahora cada día estaré mejor, lo sé, pero quiero que estéis alegres, no tristes, con vuestra tristeza es imposible que me cure, necesito alegría, veros vivos, no como difuntos esperando a que me muera, se que es duro eso, pero es lo que me transmitís”. Todo eso no se lo digas de golpe, díselo un día tras otros en pequeñas dosis. Poco a poco notarás que tanto tu como ellos estaréis mejor.

Por cierto, no les digas nada de mí, no me permitirían volver a verte y yo quiero venir todas las noches y ver como estás mejorando. Dijo Miguel.

Al día siguiente, al despertar Pablito, la mamá fue a darle el desayuno con su sonrisa forzada, Pablito le cogió de la mano, le puso la otra encima, miró a los ojos de la mamá y le fu diciendo poco a poco lo que le dijo Miguel. Las lágrimas corrían por las mejillas de mamá, no sabía que contestar, pero poco a poco entendió el mensaje y esa falsa sonrisa se convirtió en una verdadera sonrisa de alegría, esta vez se le veía alegre, cosa que hacía mucho tiempo que no se le notaba, apretó con fuerza las manos, las besó y con la mirada quedaba todo dicho, no hacían falta palabras.

Al poder volver a articular alguna palabra, Pablito le dijo a la mamá, díselo a todos, quiero alegría, no penas ni cara de funeral, yo me curaré, pero necesito esto de todos vosotros, quiero veros alegres, como antes, veros besar, como antes, quiero volver a veros con esa alegría con la que nos íbamos al campo, a la playa, hasta en casa, díselo a todos, por favor, mamá.

Día tras día volvió la alegría, cada día, Pablito, daba ánimos a todos los que iban a verle, nadie entendía ese cambio, las analíticas cada día mejoraban, los médicos no se explicaban esa mejoría.

Todas las noches Miguel aparecía al lado de la cama de Pablito, le cogía la mano, le sonreía, le acompañaba en sus desvelos, comentaban el gran cambio de sus padres y familiares y también que él se sentía mejor y otras muchas cosas intrascendentes, pero que mantenía el buen humor.
Estaba la sala de espera llena de gente, muchas puertas a lo largo de la sala, todas con un número.

La gente iba y venía, el murmullo no dejaba hablar en vos baja, cada vez era más alto. Gente con una pierna escayolada, otros con la cabeza, otros parecían normales, pero con cara de pena, acompañados de otros, que debían ser familiares, pero con la misma cara de pena. Entreoyendo conversaciones, parciales todas ellas, uno se va enterando de medias historias sin poder llegar a ninguna conclusión, unas tristes, otras no tanto, en algunas, hasta se escapa alguna carcajada, pero las mínimas…

De pronto sale el número pertinente en la pantalla, Nº 125A, puerta 18, se levantan los padres de Pablito en busca de la consulta, el médico con su bata blanca sentado en la mesa les ofrece las sillas para que se sienten. Les va contando los avances de Pablito, y les dice, “tengo una buena noticia, tenemos un donante de médula para el niño”. “Mañana por la mañana, si estáis conforme y firmáis el consentimiento, se hará la operación.”

Los padres firmaron el papel, después de leerlo, se abrazaron, algunas lágrimas se les iban cayendo por las mejillas, una vez algo más calmados, apenas alcanzaban a dar las gracias al médico, estaban deseosos para ir a contárselo a Pablito.

Fueron a verlo, cuando se lo iban a contar, Pablito les cogió de la mano y les dijo “Sé que me vais a decir, hay un donante de médula y mañana me van a operar, no me preguntéis como lo sé, pero lo sé, lo mismo que sé y sabía que me iba a curar, por eso os daba ánimos y os pedí que pusierais alegría en nuestra vida, era la única forma de poder curarme, pero con tanta cara de pena y tanta tristeza no podía hacerlo.

Gracias por creerme y hacerme caso.

Los padres no entendían gran cosa, pero se abrazaron todos juntos llorando de alegría. Sin palabras, que es como más se siente.
A la noche siguiente, Miguel, volvió a aparecer por la habitación, como todas las noches hacía, cogiendo la mano de Pablito muy fuerte.

Miró fijamente a los ojos de Pablito diciéndole, “He venido todos los días para darte ánimos y para que los dieras a tu gente, mañana te implantarán células madre de algún donante, nunca sabrás quien es, pero siempre ha estado aquí contigo, mi misión ha terminado, pero a ti te queda todavía mucho tiempo de lucha, pero ahora sólo es recuperación, pero recuerda, nunca pierdas las esperanzas, por muy dura que sea la vida, a veces querrás abandonarla, pero no decaigas, si caes, levántate y anda, no esperes a que alguien te saque del agujero o te levante del suelo, hazlo tu mismo, pero tampoco rechaces una mano si se te ofrece y te hace falta.
Ahora es tiempo de irme, cuando te recuperes de la operación puedes contar lo nuestro, pero diles que cada noche soñabas conmigo y lo que hacíamos, nuestras charlas y noches en vela, pero recuerda, sólo una vez que te hayan operado. “

Se levantó Miguel al alba de la silla, Pablito miró, no había silla alguna, se había ido sin dejar rastro.

Vino la enfermera, lo pusieron en la camilla, camino al quirófano donde sería operado.
Poco a poco notaba como los ojos se le iban cerrando hasta que despertó en la habitación donde estaba.

Sus padres ahí le estaban esperando, esperando a que despertara. Una vez despierto les fue contando  su historia con el anciano de barba gris y casi calvo, llamado Miguel, sus padres apenas le creían, pero se dieron cuenta de que su aparición coincidía con la mejora de Pablito, no le dieron más vueltas, se estaba curando, eso era lo que importaba.

Pablito poco a poco se fue curando y volvió a ser un niño normal, como los demás, corriendo, saltando, retando a juegos a los demás, siempre más alegres que los otros, ahora comprendía muy bien lo que era tener una enfermedad poco habitual, por lo que siempre procuraba animar a todos los niños cuando los veía algo enfermos, no importaba que enfermedad tuvieran o si era una simple gripe…

*Los derechos de la obra pertenecen a su autor o autora.

Publicado por Mireia Giménez Higón

A lo largo de su carrera ha ido especializándose en la novela histórica, así como en la leyenda española como parte del folclore y estudio social de la historia de España. Contadora de historias y leyendas.

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